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—Cuéntamelo todo.
Lo hice.
No interrumpió, pero sus manos se cerraron con fuerza sobre su bolso.
—No hagas ninguna locura —dijo al terminar.
—Él está en casa.
—¿Cómo lo sabes?
Le mostré la ubicación del teléfono de Álvaro. Sigue en nuestro domicilio.Marta había publicado unas horas antes de una fotografía de una copa sobre una mesa. No se vio ninguna dirección, pero reconocí el borde de mi repisa.
—Están bebiendo en mi cocina mientras Sofía está aquí.
—Eso no cambia lo que debes hacer.
—Quiero que admitan lo ocurrido.
—Entonces ayúdalos a hablar, pero hazlo con las autoridades. No les regales una excusa para convertirte en la culpable.
Miré a mi madre.
Era exactamente lo que yo les habría dicho a otras personas.
La inspectora Vega regresó poco después.
Habían enviado agentes a nuestra casa, pero nadie respondió. El vehículo de Álvaro estaba fuera y también el de Marta.
—Es posible que estén impidiendo abrir —explicó.
—Si yo voy, abrirán.
La inspectora me estudió durante unos segundos.
—No irá sola.
Aceptado.
No porque tuviera miedo, sino porque Sofía necesitaba una madre libre, presente y capaz de cuidarla.
Mi madre se quedó junto a ella.
Antes de salir, me incliné sobre la cama.
—Volveré pronto.
—¿Vas a ver a papá?
No quise mentirle.
-Si.
—No dejes que te empuje también.
Sentí que el corazón se me partía otra vez.
—No podrá hacerlo.
La inspectora y otro agente viajaron detrás de mí.
Aparqué a cierta distancia, como me indicaron. Ellos se situaron cerca, fuera del campo de visión de la puerta.
La inspectora me había explicado qué podía hacer, qué no debía hacer y cómo mantener la conversación dentro de la ley.
Yo no necesitaba venganza.
Necesitaba la verdad.
Nuestra casa parecía normal desde fuera.
Las cortinas estaban cerradas.
El auto de Álvaro ocupaba la entrada y el de Marta estaba detrás, bloqueándolo.
Toqué el timbre.
Nadie respondió.
Volví a tocar, esta vez con más fuerza.
Escuché movimiento.
Voces bajas.
Un vaso chocó contra alguna superficie.
Finalmente, Álvaro abrió.
Su rostro pasó de la molestia al miedo en menos de un segundo.
Llevaba la camisa fuera del pantalón y tenía el cabello revuelto. Olía un alcohol.
—Laura. Pensé que seguiría en el hospital.
—Nuestra hija está en cuidados intensivos.
—Lo sé. ¿Cómo está?
Su pregunta sonó vacía.
—Tiene tres costillas rotas, una muñeca fracturada, el hombro dislocado y una conmoción cerebral.
Álvaro apartó la mirada.
—Fue una caída terrible.
Marta apareció detrás de él.
Llevaba mi bata amarilla.
Era una prenda que había pertenecido a nuestra abuela y que yo solo usaba en ocasiones especiales. Ver a mi hermana envuelta en ella fue casi tan doloroso como encontrarla desnuda.
—Laura, podemos explicarlo —dijo.
—Entonces explíquenlo.
Álvaro intentó cerrar la puerta.
Empuje la mano contra la madera.
—He venido a recoger algunas cosas de Sofía.
—Ahora no es buen momento.
—Después de empujarla por las escaleras te parece que puedes decidir cuándo entrar en mi propia casa?
