Después de 3 años en el extranjero, mi esposo volvió con otra mujer y dijo: “Ella es mi esposa legal. Tú encárgate de la casa.” Lo que no sabía era que en 10 minutos mis helicópteros aterrizarían en el jardín de su mansión.

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PARTE 1

—Ella es mi esposa legal, Lucía. Tú puedes quedarte con la casa… siempre y cuando no olvides cuáles son tus obligaciones.

Sebastián Ibarra lo dijo en medio del vestíbulo de la mansión de Las Lomas, con una calma tan limpia que parecía ensayada frente a un espejo.

Lucía Montero sintió que el aire se le quedaba atorado en el pecho.

Durante 3 años había esperado su regreso.

3 años en los que Sebastián, presidente de Grupo Ibarra, había vivido entre Madrid, París y Dubái cerrando contratos, apareciendo en revistas de negocios y mandándole mensajes cada vez más cortos.

3 años en los que ella sostuvo la casa, atendió a su suegra enferma, organizó cenas con empresarios, calmó a inversionistas, firmó pagos urgentes, protegió el apellido Ibarra y sonrió en público cuando todas las esposas de Polanco le preguntaban por qué su marido nunca volvía.

Esa tarde, la mansión estaba impecable. Flores blancas en cada mesa, el mole almendrado que Sebastián adoraba, copas de cristal listas para brindar, el personal formado como si recibieran a un gobernador.

Lucía llevaba un vestido marfil, elegante y discreto. Se había peinado con cuidado. Hasta se había puesto el anillo de bodas que no usaba desde hacía meses, porque quería creer que todavía existía algo que salvar.

Entonces Sebastián bajó de una camioneta negra acompañado de una mujer rubia, alta, con vestido rojo de seda y un diamante en la mano izquierda.

Un diamante idéntico al de Lucía.

La mujer sonrió como si acabara de entrar a una casa que ya le pertenecía.

—Lucía —dijo Sebastián—, ella es Renata Velasco.

Renata extendió la mano.

—He escuchado mucho de ti.

Lucía miró el anillo. La montura tenía 3 pequeños zafiros escondidos por dentro. Sebastián había dicho que ese detalle era único, un secreto solo de ellos.

Ya no.

—¿Qué significa esto? —preguntó Lucía.

Sebastián suspiró, molesto, como si ella estuviera haciendo una escena por una tontería.

—Renata y yo nos casamos en Mónaco hace 6 meses. Allá el trámite es válido. No quiero pleitos ni escándalos. En México las cosas pueden manejarse con discreción.

El personal se quedó inmóvil.

Doña Mercedes, la suegra de Lucía, apareció al pie de la escalera con su bastón de plata. No parecía sorprendida. Solo incómoda.

Lucía entendió todo en un segundo.

—Usted sabía.

Mercedes bajó la mirada.

Sebastián levantó la voz.

—Mi madre solo quiso evitarte dolor.

Lucía soltó una risa seca.

—¿Evitarme dolor?

Renata caminó hacia la sala y se sentó en el sillón principal, donde Lucía recibía siempre a los invitados. Cruzó las piernas, miró alrededor y dijo:

—La casa es hermosa, aunque un poco anticuada. Con algunos cambios puede quedar más actual.

Sebastián asintió.

—Renata se encargará de mi vida pública. Eventos, cenas, viajes, reuniones con socios. Tú conoces la casa, las cuentas, al personal y el tratamiento de mi madre. No tienes por qué irte. Puedes seguir ocupándote de lo interno.

Lucía se quedó mirándolo.

—¿Lo interno?

Renata sonrió.

—No lo tomes mal. Algunas mujeres brillan en sociedad. Otras son mejores administrando la cocina, los horarios, las enfermeras… esas cosas.

La palabra cocina le dolió menos que la mirada de Sebastián.

Porque él no la defendió.

Ni siquiera parpadeó.

—Lucía —dijo él—, no seas orgullosa. Te estoy ofreciendo estabilidad. Muchas mujeres en tu posición aceptarían.

—¿Mi posición?

—Una esposa sin hijos, sin carrera visible, sin apellido fuerte. No me obligues a hablar claro.

El silencio se rompió como vidrio.

Lucía se quitó lentamente el anillo y lo sostuvo entre los dedos.

—Antes de humillarme en mi propia casa, debiste investigar quién era yo realmente.

Sebastián frunció el ceño.

—Sé perfectamente quién eres. Lucía Montero. Hija de un empresario mediano de Querétaro. Buena familia, nada más.

—No —dijo ella—. Eso fue lo que te dejé creer.

Renata soltó una carcajada.

—Ay, por favor. ¿Ahora resulta que eres princesa?

Lucía sacó su celular.

Sebastián dio un paso hacia ella.

—Guarda eso.

Lucía marcó un número que no había usado en 3 años.

Una voz masculina respondió de inmediato.

—Señorita Aranda.

El rostro de Sebastián cambió.

Muy poco.

Pero Lucía lo vio.

—Manden el equipo —ordenó ella—. Mansión Ibarra, Las Lomas. Jardín principal. Ahora.

—Sí, señorita. 10 minutos.

Lucía colgó.

Renata dejó de sonreír.

—¿Señorita qué?

Lucía la miró con una calma que no sabía que tenía.

—Aranda. El apellido que debiste buscar antes de sentarte en mi lugar.

Sebastián tragó saliva.

—Lucía… ¿qué hiciste?

Desde afuera llegó un ruido profundo, cada vez más fuerte. Primero pareció tráfico lejano. Después, las ventanas comenzaron a vibrar.

Doña Mercedes se llevó una mano al pecho.

El personal corrió hacia los ventanales.

Sobre el jardín de la mansión, 2 helicópteros negros descendían levantando polvo, flores y manteles de las mesas exteriores.

Renata se levantó de golpe.

Sebastián retrocedió.

Y Lucía, todavía con el anillo en la mano, entendió que el hombre que la había mandado a hacer tareas domésticas estaba a punto de descubrir que llevaba 3 años casado con la heredera de la familia más poderosa que jamás se había atrevido a ofender.

PARTE 2: Para obtener más información,continúa en la página siguiente