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Hablaba como si siempre supiera qué hacer.
—Mamá me llamó —dijo.
Mi padre se puso incómodo.
—Esto es asunto nuestro.
—Ella quiere ayudar.
Mi madre preguntó:
—¿Cómo?
Esteban explicó que mi abuela iba a vender una inversión y enviaría dinero.
Suficiente para detener el proceso del banco.
—Pero tardará unos días.
Aquella noticia cambió todo.
Mi padre volvió a sonreír.
Mi madre compró una botella de vino barato.
—Vamos a salir de esto —dijo.
Yo lo creí.
Todos lo creímos.
Pasó una semana.
Nada.
Después dos.
Mi madre llamaba a Esteban.
—¿Qué pasó?
—El banco está procesando.
Otra semana.
—Hubo un problema con los documentos.
Después:
—Mamá cambió de opinión sobre el monto.
Y finalmente:
—No pudo enviar nada.
Mi madre llamó directamente a mi abuela.
No sé exactamente qué se dijeron.
Pero la conversación terminó en gritos.
—¿Cómo pudiste hacernos esto?
Mi madre colgó.
Nunca volvió a pedirle dinero.
Perdimos la casa dos meses después.
Nos mudamos a un apartamento pequeño.
Mi padre cerró el negocio.
Encontró trabajo como empleado en una fábrica.
Mi madre comenzó a hacer turnos dobles.
Yo cambié de escuela.
Mi hermano menor, Nicolás, compartía habitación conmigo.
Aquellos años fueron difíciles.
Pero lo peor no fue el dinero.
Fue lo que ocurrió con la familia.
Mi madre dejó de hablar con mi abuela.
Durante años.
