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Cuando Emilia llamaba, mamá respondía poco.
A veces ni siquiera contestaba.
Yo no entendía.
—¿Por qué estás tan enojada?
—Porque hay promesas que no deben hacerse si no piensas cumplirlas.
Aquella frase me acompañó durante mucho tiempo.
Mi abuela intentó acercarse.
Enviaba regalos.
Tarjetas.
Dinero en cumpleaños.
Mi madre los devolvía.
—No necesitamos caridad.
Yo veía dolor en ambos lados.
Pero era adolescente.
No sabía qué hacer.
Esteban seguía apareciendo.
Eso es algo que hoy me resulta difícil comprender.
Era nuestro intermediario.
El hombre que nos decía qué pensaba la abuela.
Y a la abuela le decía qué pensábamos nosotros.
