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Busqué el comprobante.
Ahí estaba.
Su nombre.
Su firma.
Llamé a mi madre.
—¿Dónde está Esteban?
—Creo que en su casa.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Qué pasó?
—¿La abuela alguna vez te dijo que el dinero sí había llegado?
Silencio.
—¿Qué dinero?
—El dinero para la casa.
—Kara, no quiero hablar de eso.
—Mamá, encontré un recibo.
Silencio.
—¿Qué recibo?
—Ochenta y cinco mil dólares.
Mi madre dejó de hablar.
—Eso no puede ser.
—Mamá…
—Tu abuela nunca envió nada.
—Sí lo hizo.
Escuché su respiración.
—¿A qué cuenta?
Leí el número.
Mi madre dijo:
—No conozco esa cuenta.
Ahí comprendí algo.
La cuenta no era de mis padres.
Era una cuenta administrada por mi abuela.
Y Esteban tenía autorización.
Seguí buscando.
Encontré extractos.
El dinero había entrado.
Dos días después había sido retirado.
En efectivo.
Y una semana después aparecía un depósito grande en una compañía propiedad de Esteban.
