Frente a una docena de invitados, mi marido presumió: “La mejor decisión que tomé fue casarme con una mujer que sirve sin cobrar”. Esta vez no bajé la cabeza. Saqué una notificación del bolsillo, marqué un número y dije: “Acepto los tres meses”. Él soltó una carcajada, hasta que escuchó cuánto dinero podía ganar y supo quién me esperaba al otro lado de aquella puerta.

²

Horas después despertó con la cabeza apoyada junto al hombro de Nicolás.

Él también estaba despierto.

Ninguno se apartó inmediatamente.

—Gracias —susurró él.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo.

Mariana levantó la mirada.

—Entonces prométeme algo.

—¿Qué?

—Que vas a reconsiderar la operación.

Nicolás respiró lentamente.

—Lo pensaré.

—No. Promételo.

Él sonrió.

—Está bien. Lo prometo.

—

El último mes pasó demasiado rápido.

Mariana había llegado contando los días que faltaban para terminar.

Ahora evitaba mirar el calendario.

La víspera de su último día, Nicolás la invitó a cenar.

No eligió un lugar ostentoso.

Encontró un pequeño restaurante con terraza en Barrio Antiguo.

Cuando Mariana llegó, vio sobre la mesa un ramo de flores.

—¿Qué celebramos?

—Que sobreviví tres meses a tu obsesión por abrir todas las ventanas.

Ella rio.

Durante la cena hablaron de cualquier cosa excepto de la despedida.

Finalmente Nicolás dejó los cubiertos.

—Mariana.

Ella supo que había llegado el momento.

—No sé decir estas cosas.

—Eso ya lo había notado.

—Gracias por facilitarme el trabajo.

Los dos sonrieron.

Nicolás respiró hondo.

—Mañana termina tu contrato.

—Sí.

—Y no quiero ofrecerte otro.

Mariana sintió que el pecho se le cerraba.

—Entiendo.

—No, no entiendes.

Nicolás tomó su mano.

—No quiero que vuelvas a trabajar para mí.

Ella lo miró.

—Quiero que algún día, si tú decides que quieres hacerlo, regreses a esa casa como mi compañera.

Mariana no habló.

—Sé que todavía estás resolviendo tu divorcio. Sé que vienes de años complicados. No quiero presionarte. No quiero que cambies una dependencia por otra. Solo necesito que sepas que me enamoré de ti.

Los ojos de Mariana se llenaron de lágrimas.

Pero sonrió.

—Yo también siento algo muy fuerte por ti.

Nicolás apretó suavemente sus dedos.

—Entonces quédate.

Mariana negó despacio.

—Todavía no.

Él bajó la mirada.

—Necesito terminar mi matrimonio. Necesito volver un tiempo con mis padres. Necesito descubrir quién soy cuando no estoy cuidando la vida de otro hombre.

Nicolás asintió.

Le dolía, pero lo entendía.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

—Esperaré.

—No quiero pedirte eso.

—No me lo estás pidiendo.

Antes de despedirse, Nicolás besó suavemente su frente.

—Solo vuelve cuando estés segura de que vuelves porque quieres, no porque necesitas un lugar donde refugiarte.

Aquella frase terminó de convencer a Mariana de que marcharse era lo correcto.

Y también de que algún día quería regresar.

—

La casa de sus padres adoptivos seguía igual.

Su habitación conservaba algunos libros universitarios y fotografías antiguas.

Durante las siguientes semanas Mariana hizo algo que no había hecho desde que tenía veinte años:

pensar únicamente en sí misma.

Terminó los trámites del divorcio.

Buscó opciones de trabajo.

Actualizó su currículum.

Y recibió una llamada de Lucía.

—Tenemos los resultados del concurso.

Mariana cerró los ojos.

—¿Y?

—Ganaste.

El premio era incluso mayor de lo esperado.

Varios patrocinadores habían aumentado la cantidad.

También incluía un viaje en crucero.

Lucía esperaba escuchar gritos de emoción.

Mariana solo preguntó:

—¿Cuándo puedo disponer del dinero?

—En cuanto firmes.

—Necesito que me ayudes con algo.

—

Dos días después Mariana estaba sentada frente a Daniel.

Él conocía personas relacionadas con la antigua institución donde Nicolás había trabajado.

Mariana puso una carpeta sobre la mesa.

—Quiero pagar su operación.

Daniel la miró como si no hubiera entendido.

—¿Con el premio?

—Con todo lo que sea necesario.

—Mariana, es muchísimo dinero.

—¿Y para qué quiero ese dinero si la persona que amo puede terminar viviendo con dolor toda su vida?

—Nicolás jamás aceptaría.

—Por eso no va a saberlo.

Daniel se quedó callado.

—Haz que parezca apoyo institucional, un fondo especial, cualquier mecanismo legal que puedan usar. Pero mi nombre no debe aparecer frente a él.

—¿Y tu viaje?

—Cancélalo.

—También vale bastante.

—Entonces conviértanlo en dinero.

Daniel la observó durante varios segundos.

—¿Estás segura?

Mariana sonrió.

—Nunca he estado más segura de algo.

—

Nicolás recibió la llamada semanas después.

Le informaron que su caso médico había sido revisado y que existía un programa capaz de cubrir la cirugía y la rehabilitación.

Sospechó inmediatamente.

Llamó a Daniel.

—¿Tú hiciste algo?

—No.

—¿Lucía?

—Tampoco.

—Esto es rarísimo.

—Acepta una buena noticia alguna vez en tu vida.

Después de consultar con varios especialistas, Nicolás decidió operarse.

Mariana se enteró a través de Lucía.

No regresó inmediatamente.

Lo llamó.

Escuchó música, risas y el mar.

—¿Dónde estás?

Mauricio ni siquiera intentó mentir.

—Tomándome unas vacaciones. Tú elegiste jugar a la sirvienta en casa ajena.

Mariana colgó.

Aquella noche comprendió algo que llevaba años evitando admitir:

no extrañaba su casa.

No extrañaba a su marido.

Por primera vez se sentía libre.

Tres días después llamó a Mauricio.

—Cuando regreses, tenemos que hablar del divorcio.

Mauricio volvió inmediatamente.

Apareció una mañana frente a la casa de Nicolás.

Mariana salió al jardín para evitar una escena.

—Recoge tus cosas —ordenó él—. Nos vamos.

—Yo no voy a volver.

—Deja de actuar como adolescente.

—Quiero divorciarme.

Mauricio se quedó inmóvil.

—¿Por este hombre?

—Por mí.

Esa respuesta lo enfureció aún más.

—Antes de conocerme no tenías nada.

—Tal vez. Pero tenía dignidad.

Mauricio levantó la mano y le dio una bofetada.

El sonido llegó hasta el interior de la casa.

Segundos después Nicolás apareció.

No golpeó a Mauricio. No necesitó hacerlo.

Se colocó entre ambos y señaló la salida.

—Fuera de mi propiedad.

—Es mi esposa.

—Y acaba de decirle que quiere divorciarse.

Mauricio miró a Mariana.

—Te vas a arrepentir.

Nicolás dio un paso hacia él.

—Si vuelve a tocarla, el problema ya no será matrimonial.

Mauricio se marchó furioso.

Mariana esperaba sentirse destruida.

En cambio, sintió una claridad extraña.

Ya no había vuelta atrás.

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