²
Esa noche Nicolás encontró a Mariana sentada sola en la cocina.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Por primera vez en muchos años, creo que sí.
Nicolás quiso decir algo más, pero se detuvo.
Porque también acababa de descubrir una verdad que le daba mucho más miedo que cualquier enemigo al que hubiera enfrentado en su antigua profesión.
Se estaba enamorando de una mujer casada.
Y todavía faltaban casi dos meses para que terminara el concurso.
Ninguno de los dos imaginaba que el verdadero secreto de aquella casa todavía no había salido a la luz…
PARTE 3
Después de la visita de Mauricio, Nicolás cambió.
Mariana lo notó inmediatamente.
Seguía siendo respetuoso, pero comenzó a mantener distancia.
Antes desayunaba con ella.
Ahora tomaba café rápidamente y se encerraba en su estudio.
Antes intercambiaban comentarios durante la cena.
Ahora comía en silencio.
Mariana llegó a pensar que había causado demasiados problemas.
Una noche tocó la puerta del estudio.
—Nicolás.
—Pasa.
—Si mi situación personal te incomoda, puedo pedirle a la agencia que me cambie de casa.
Él levantó la mirada.
—¿Quieres irte?
La pregunta salió demasiado rápido.
—No.
—Entonces quédate.
—Pero siento que desde lo de Mauricio…
Nicolás se puso de pie.
—No eres tú.
Guardó silencio unos segundos.
—Soy yo intentando no convertirme en otro hombre que decide por ti.
Mariana frunció el ceño.
—No entiendo.
—Estás saliendo de un matrimonio donde alguien controlaba tu vida. Lo último que necesitas es otro hombre diciéndote qué hacer.
Aquellas palabras la dejaron sin respuesta.
Mauricio jamás se había preocupado por lo que ella necesitaba.
Nicolás, en cambio, se alejaba precisamente porque no quería aprovecharse de su vulnerabilidad.
Desde ese momento comenzaron a hablar más.
No como patrón y trabajadora.
Como dos personas que, sin esperarlo, habían encontrado refugio en la misma casa.
Nicolás le contó sobre su lesión.
Años atrás había sufrido un accidente durante una operación. Las heridas cicatrizaron, pero algunos nervios de la espalda quedaron dañados.
Los ataques podían aparecer sin aviso.
—Existe una cirugía —explicó—. Podría resolverlo.
—¿Entonces por qué no te operas?
Él sonrió.
—Porque también podría empeorar las cosas.
—¿Qué tan grave?
—Los médicos hablan de probabilidades. Buenas posibilidades de mejorar… pero también existe riesgo de quedar con movilidad muy reducida.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
—¿Y el dinero?
—También es un problema.
La intervención, especialistas y rehabilitación costaban una fortuna.
—¿Tu trabajo no puede ayudarte?
—Nunca informé la gravedad real de mi condición. No quería convertirme en una carga.
Mariana se enojó.
—Eso es absurdo.
—Probablemente.
—¿Cuánto cuesta?
Nicolás rio.
—No empieces.
—Solo pregunté.
—Y yo sé esa mirada. Estás planeando algo.
Mariana cambió de tema.
Pero no olvidó la cifra.
—
Las semanas siguientes fueron extrañamente felices.
Mariana descubrió que Nicolás sabía contar historias divertidísimas cuando olvidaba comportarse como hombre serio.
Él descubrió que Mariana cantaba mientras cocinaba cuando creía que nadie la escuchaba.
Los domingos caminaban por un parque cercano.
A veces Lucía y su esposo, Daniel, los invitaban a comer con sus tres hijos.
Mariana adoraba a los niños.
Una tarde terminó jugando futbol con ellos durante casi una hora.
Nicolás la observaba desde una mesa.
Daniel le dio un codazo.
—Estás perdido.
—¿De qué hablas?
—Miras a esa mujer como si hubieras encontrado agua después de atravesar el desierto.
Nicolás tomó su cerveza.
—Sigue casada.
—Está separándose.
—Sigue casada.
—Entonces espera.
Nicolás miró otra vez hacia el jardín.
Eso haría.
Esperaría.
—
Mauricio no aceptó el divorcio fácilmente.
Primero mandó flores.
Después mensajes.
Luego comenzó a llamar desde números desconocidos.
“Todo puede volver a ser como antes.”
“Te perdono.”
“Estás confundida.”
“Ese hombre solo quiere aprovecharse de ti.”
Mariana bloqueó cada número.
Cuando Mauricio comprendió que las amenazas no funcionaban, cambió de estrategia.
Prometió viajes.
Prometió hijos.
Incluso prometió terapia matrimonial.
Mariana entendió entonces hasta qué punto él había confiado en que ella jamás tendría el valor de marcharse.
No quería recuperarla porque hubiera descubierto que la amaba.
Quería recuperarla porque no soportaba perder el control.
Presentó formalmente la solicitud de divorcio.
Mauricio recibió los documentos sin verla.
Por primera vez desde que se conocieron, Mariana tomó una decisión importante sin pedir permiso.
—
Llegó septiembre.
Las lluvias comenzaron temprano.
Una tarde Nicolás sufrió el peor ataque desde que Mariana vivía allí.
Ella lo encontró apoyado contra una pared.
Tenía el rostro cubierto de sudor.
—Nicolás.
—No te acerques. Se me va a pasar.
—Claro que me voy a acercar.
Preparó su medicamento y lo ayudó a recostarse.
Esta vez el efecto tardó.
Nicolás apretaba los dientes para no gritar.
Mariana se sentó junto a él y le sostuvo la mano.
—Mírame.
—Mariana…
—Mírame.
Él abrió los ojos.
—No estás solo.
Aquellas tres palabras derrumbaron algo dentro de Nicolás.
Durante años había convertido la soledad en una especie de orgullo.
No necesitaba ayuda.
No necesitaba familia.
No necesitaba a nadie.
Pero aquella noche, con la mano de Mariana entre las suyas, comprendió que había confundido fortaleza con aislamiento.
Cuando finalmente se durmió, Mariana permaneció allí.
