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Había prometido que no volvería hasta cerrar definitivamente su vida anterior.
El día que recibió su sentencia de divorcio salió del edificio con una carpeta bajo el brazo.
Mauricio estaba esperándola.
—Así que ya lo conseguiste.
—Sí.
Él parecía envejecido.
—¿Estás feliz?
Mariana pensó unos segundos.
—Estoy en paz.
—Ese hombre te va a abandonar.
—Tal vez.
Mauricio frunció el ceño, sorprendido.
—¿Y eso no te preocupa?
—No.
Mariana lo miró con serenidad.
—Porque si algún día Nicolás se va, yo seguiré siendo Mariana. Eso fue lo que tú nunca quisiste entender. Yo existo aunque no sea tu esposa.
Mauricio no encontró respuesta.
Ella se marchó.
Y esa fue la última conversación importante que tuvieron.
—
La operación de Nicolás duró varias horas.
Mariana esperó en el hospital junto a Lucía y Daniel.
Nicolás todavía no sabía que ella estaba allí.
Cuando el médico salió, todos se levantaron.
—La cirugía salió bien.
Mariana comenzó a llorar.
No de tristeza.
De alivio.
Las siguientes semanas serían fundamentales, pero los primeros resultados eran positivos.
Dos días después Nicolás abrió los ojos y la vio entrar en su habitación.
—Pensé que necesitabas tiempo —murmuró.
—Ya lo tuve.
—¿Y?
Mariana se acercó.
—Estoy divorciada.
Nicolás intentó incorporarse.
—Eso definitivamente merece que me siente.
—Ni se te ocurra.
Él rio y después hizo una mueca.
—Todavía duele.
—Pero será diferente.
Nicolás tomó su mano.
—¿Has vuelto porque quieres estar conmigo?
Mariana respondió sin dudar.
—Sí.
—Entonces no vuelvas a llamarme señor Cárdenas.
—Nunca más.
—
Nicolás necesitó meses de rehabilitación.
Mariana estuvo a su lado, pero cumplió otra promesa que se había hecho a sí misma:
no abandonaría nuevamente su propia vida.
Consiguió trabajo en el área administrativa de una empresa pequeña.
Después hizo cursos de actualización.
Volvió a ejercer como contadora.
Nicolás jamás intentó convencerla de quedarse en casa.
Cuando finalmente comenzaron a vivir juntos, él aprendió a cocinar más cosas que huevos y ella aprendió a permitir que alguien más lavara los platos.
Un año después se casaron.
La ceremonia fue pequeña.
Lucía lloró más que la novia.
Daniel aseguró que tenía alergia.
Nadie mencionó el concurso.
Ni siquiera cuando Nicolás bromeó durante la fiesta:
—Todo empezó porque una agencia decidió que mi casa estaba demasiado sucia.
Mariana rio.
Solo cuatro personas conocían la verdad completa sobre aquel supuesto concurso y sobre el origen real del dinero que había pagado la cirugía.
Nicolás jamás preguntó qué había hecho Mariana con el premio.
Ella tampoco se lo dijo.
Para ella la respuesta era sencilla:
lo había gastado en su propia felicidad.
—
Siete años después, la misma casa donde Nicolás había vivido en silencio parecía otra.
Había juguetes bajo una mesa.
Mochilas pequeñas junto a la puerta.
Dibujos pegados en el refrigerador.
Y dos niños de cinco años corriendo por el jardín.
Mateo y Santiago.
Gemelos.
Uno hablaba hasta dormido.
El otro podía pasar veinte minutos mirando un libro sin hacer ruido.
Aquella tarde celebraban su séptimo aniversario de bodas.
Lucía y Daniel llegaron con sus hijos.
Nicolás preparaba carne asada.
Mariana apareció en el jardín con una enorme ensalada.
—¿Necesitas ayuda?
—No. Hoy el asador es territorio masculino.
Mariana arqueó una ceja.
—Esa frase me recuerda algo.
Nicolás rio.
—Retiro inmediatamente mi comentario.
Cuando todos estuvieron sentados, levantó su vaso.
—Quiero decir algo.
