Las semanas siguientes fueron las peores de mi vida. Imprimimos cientos de volantes con la foto de Daniel y los pegamos en cada poste, cada café, cada supermercado. Publicamos en todos los grupos de Facebook del vecindario. Al principio la policía buscó con energía, revisando estaciones de autobús, hablando con conductores, recorriendo hospitales. Pero los meses pasaron y la búsqueda se fue apagando, como una vela que se consume sola.
Empezaron a llamarlo «fugitivo». A decir que probablemente se había escapado, que muchos adolescentes lo hacían, que aparecería cuando quisiera. Yo sabía que no. Yo conocía a mi hijo. Daniel no era de los que se van sin decir una palabra. Pero mi certeza no servía de nada ante los expedientes que se acumulaban en los cajones de la comisaría.
Con el tiempo me forcé a volver a algo que se parecía a la vida normal. Volví al trabajo. Volví a hacer las compras del supermercado. Volví a llamar a mi hermana los domingos por la noche. Pero cada noche entraba al cuarto de Daniel, me sentaba en el borde de su cama y le hablaba en voz baja, como si él pudiera escucharme desde algún lugar.
Un extraño con una chaqueta conocida
Casi un año después, un martes por la tarde, viajé a otra ciudad por una reunión de trabajo. Cuando terminé, entré a un café pequeño en una esquina cualquiera, pedí un café y me apoyé en la barra esperando mi orden.
Detrás de mí, la puerta se abrió. Me giré por instinto. Un hombre mayor había entrado, moviéndose con lentitud, contando monedas en la palma de la mano. Estaba abrigado con capas gastadas, con la barba desordenada. Tenía aspecto de vivir en la calle.
Y llevaba puesta la chaqueta de mi hijo.
No una parecida. La chaqueta. La misma. Reconocí de inmediato el parche en forma de guitarra que yo misma había cosido a mano sobre la manga rasgada, la mancha de pintura azul en la espalda que quedó de aquella vez que Daniel intentó pintar una repisa a los doce años. El corazón se me detuvo por un instante y después empezó a latir tan fuerte que sentí el pulso en las sienes.
—Añada un té y un pan dulce para ese señor a mi orden —le dije al mesero, señalando al hombre.
El anciano me miró sorprendido.
—Gracias, señora, es usted muy…
—¿De dónde sacó esa chaqueta? —lo interrumpí. Mi voz salió más brusca de lo que quería.
Él bajó la mirada hacia la prenda, como si recién la notara.
—Me la regaló un muchacho.
—¿Cabello castaño? ¿Como de dieciséis años?
El hombre asintió despacio.
Una persecución silenciosa
En ese momento, dos clientes se cruzaron entre nosotros para recoger sus pedidos. Cuando pude rodearlos, el anciano ya se había marchado con su bolsa de papel. Salí a la calle corriendo. Lo alcancé a ver a media cuadra, caminando con paso constante.
—¡Espere, por favor! —grité.
Pero la vereda estaba llena de gente y él seguía avanzando sin girar la cabeza. Traté de seguirlo, empujando entre los transeúntes. Y después de dos cuadras noté algo extraño: aquel hombre, que parecía sin hogar, no se había detenido a pedir monedas a nadie. Tampoco había abierto la bolsa con el pan y el té. Caminaba con dirección, con propósito.
Algo dentro de mí me dijo que dejara de intentar alcanzarlo. Que lo siguiera de lejos, sin ser vista. Y eso hice.
Lo seguí durante casi una hora, por calles que se fueron volviendo cada vez más estrechas, hasta que el asfalto se convirtió en tierra y las casas fueron cediendo terreno a los árboles. Llegamos al borde de la ciudad, a una zona olvidada donde el pasto crecía sin control entre los porches abandonados.
El anciano se detuvo frente a una casa vieja, de madera gastada y ventanas tapiadas. El jardín era una maraña de hierbas altas que se confundía con el bosque en la parte de atrás. Se veía como si nadie hubiera cuidado ese lugar en años.
El hombre golpeó la puerta con suavidad, en un ritmo que parecía una clave. Yo me escondí detrás de un tronco grueso, respirando lo más silenciosamente que pod
