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PARTE 1
Mariana López acabara de dar à luz em uma suíte particular de um hospital em Santa Fé, Cidade do México, quando entendeu que o amor também podia ser uma armadilha com perfumes caros.
Seu bebê chorava alto, saudável, cheio de vida.
As enfermeiras o envolveram em um pequeno cobertor branco enquanto Mariana, pálida e encharcada de suor, procurava com os olhos Rodrigo Del Valle, seu marido.
Rodrigo estava parado junto à janela, impecável em seu terno cinza, olhando para a cidade como se nada importante tivesse acontecido.
Nem uma lágrima.
Nem um sorriso.
Ele nem se virou quando a enfermeira disse:
"Ele é um menino." É perfeito.
Mariana, com a voz embargada, sussurrou:
—Rodrigo... Venha. Olhe para James. Ele tem seus olhos.
Ele caminhou devagar até a cama.
Por um segundo, Mariana pensou que ia beijar sua testa, que ia agradecê-la, que finalmente a olharia como a mulher que acabara de trazer seu filho ao mundo.
Mas Rodrigo se inclinou perto do ouvido dela e disse bem baixinho:
"Gostaria de nunca ter me casado com você.
Mariana piscou, pensando que era a anestesia, o cansaço, a dor.
"O que você disse?"
Rodrigo se endireitou e olhou para ela com um desprezo que congelou seu sangue.
"Que eu gostaria de nunca ter me casado com você." Olha você, Mariana. Você está um desastre. Neta, sinto pena de você.
Ela começou a chorar.
"Acabei de ter seu filho.
Rodrigo soltou uma risada seca.
"Não, você cumpriu uma função. Meu avô deixou uma cláusula: ele precisava de um herdeiro homem antes dos 30 anos para liberar o fundo da família de 500 milhões de dólares. Você era o único jeito mais barato.
A porta se abriu.
Dona Beatriz, sua sogra, entrou, usando óculos escuros, um colar de pérolas e uma expressão de irritação. Atrás dela vinha Renata, parceira de Rodrigo, loira, elegante, com um sorriso venenoso.
"Ele já nasceu?" Beatriz perguntou. Era uma criança?
Rodrigo sorriu pela primeira vez.
"Sim, mãe. Já temos um herdeiro.
Beatriz nem olhou para Mariana.
—Perfecto. El abogado está abajo. Renata, llama al fotógrafo. Quiero una imagen de Rodrigo con el bebé. La madre no sale. Se ve fatal.
Mariana intentó incorporarse, pero el dolor la dobló.
—Es mi hijo. No pueden hacer esto.
Rodrigo sacó un sobre y lo aventó sobre la cama.
—Divorcio. Te doy 15,000 pesos al mes durante 1 año. Más de lo que ganabas en esa cafetería de mala muerte donde te encontré.
—No voy a firmar.
Doña Beatriz se acercó y sonrió como si hablara con una sirvienta.
—Entonces diremos que estás inestable. Depresión posparto, conducta violenta, lo que sea. Tenemos médicos, abogados y jueces que cenan en mi casa. Tú no tienes a nadie.
Renata tomó al bebé de la cunita.
—Tranquila, querida. Rodrigo y yo sabremos criarlo mejor.
Mariana gritó.
Dos guardias entraron.
La levantaron de la cama todavía débil, todavía sangrando, y la pusieron en una silla de ruedas.
—No, por favor… mi hijo no…
Rodrigo ni volteó.
—Sáquenla por atrás. La habitación debe verse limpia para las fotos.
La dejaron en la entrada de servicio del hospital, bajo una lluvia fría, con una bolsa de plástico y los papeles del divorcio sobre las piernas.
Mariana temblaba, destrozada, mirando hacia la ventana donde su hijo estaba en brazos de otra mujer.
Entonces metió la mano en el forro secreto de su chamarra vieja… y encontró la tarjeta negra que Rodrigo jamás debió ignorar.
PARTE 2
Esa tarjeta no tenía logo visible.
Solo un relieve plateado con 3 letras: G.S.M.
Grupo Salvatierra Monterde.
El mismo grupo bancario que manejaba créditos, constructoras, aseguradoras, hoteles y fondos privados desde México hasta Europa.
Rodrigo creía que se había casado con Mariana López, una muchacha sencilla de Puebla que servía café en una cafetería de Polanco.
No sabía que su nombre real era Mariana Salvatierra Monterde.
La única hija de Aurelio Salvatierra, el banquero más poderoso y temido de México.
Mariana había desaparecido 3 años antes de su mundo de escoltas, juntas privadas y apellidos pesados porque quería una vida normal.
Quería saber si alguien podía quererla sin su dinero.
Por eso rentó un cuarto pequeño en la colonia Portales, consiguió trabajo en una cafetería y usó el apellido de su abuela.
Ahí conoció a Rodrigo.
Él fue atento al principio. Llevaba flores, hablaba de formar una familia, decía que odiaba a las mujeres interesadas.
Mariana pensó que había encontrado amor.
Pero aquella noche, en la banqueta del hospital, entendió la verdad: Rodrigo no la había amado pobre.
Solo la había elegido indefensa.
Con las manos temblando, sacó de la misma costura un celular pequeño, antiguo, con una sola línea segura.
Marcó.
—Residencia Salvatierra —contestó una voz masculina.
—Tomás —dijo ella.
Hubo silencio.
—¿Señorita Mariana?
La voz del hombre se quebró.
—Mi padre sigue vivo, ¿verdad?
—Don Aurelio nunca dejó de buscarla.
Mariana miró hacia la ventana iluminada de la suite.
—Dile que venga a México. Hoy mismo. Necesito abogados de familia, penalistas, auditores y a alguien que pueda entrar a todos los contratos de Rodrigo Del Valle.
—¿Qué pasó?
Mariana respiró hondo.
La muchacha rota en la banqueta desapareció.
En su lugar volvió la heredera que desde niña había visto a su padre hundir imperios con 1 firma.
—Me declararon la guerra, Tomás. Y cometieron el error de quedarse con mi hijo.
A las 4 horas, un avión privado aterrizó en Toluca.
Aurelio Salvatierra llegó sin cámaras, sin prensa y sin hacer escándalo. Solo abrazó a su hija en una casa segura de Lomas de Chapultepec y lloró con una rabia silenciosa al verla débil, con fiebre y sin su bebé.
—Te juro que lo recuperamos —dijo él.
—No solo eso, papá —respondió Mariana—. Quiero que paguen. Pero con la ley. Quiero que cada puerta que ellos creen comprada se les cierre en la cara.
Los abogados se movieron esa misma madrugada.
Primero consiguieron las grabaciones del hospital.
