PARTE 1
—¿Un vestido para la graduación? —Carla soltó una risa seca, sin levantar la vista del celular—. No seas ridícula, Valeria. Ni que fueras princesa.
Me quedé parada en la cocina con el uniforme arrugado. Tenía diecisiete años, pero esa risa me hizo sentir de doce otra vez, el año en que enterramos a mi mamá.
—No estoy pidiendo un lujo —dije—. Es mi baile de graduación. Papá decía que el dinero que dejó mamá era para cosas importantes.
Ahí sí alzó la mirada.
Carla llevaba dos años casada con mi papá. Cuando él murió de un infarto el año pasado, ella agarró las cuentas, el correo, las tarjetas y las llaves del archivero. Diego dejó de reírse fuerte. Yo dejé de pedir cosas.
Pero esa vez sí pedí.
—Ese dinero mantiene esta casa, mi amor.
Me dijo “mi amor” como se dice “cállate”.
—Mamá lo dejó para Diego y para mí.
—Tu mamá dejó muchas cosas mal acomodadas —respondió—. Y tu papá era pésimo para poner límites.
—Estás usando nuestro dinero.
La silla raspó el piso cuando se levantó.
—Yo estoy evitando que ustedes dos terminen pidiendo fiado en la tienda. Tú no sabes cuánto cuesta la luz, el predial, el súper. Y sinceramente, nadie quiere verte paseándote con un vestido carísimo como si fueras hija de empresario.
Diego apareció en el pasillo. No dijo nada. Solo me miró con esos ojos grandes que heredó de mamá.
—Entonces no hay dinero —murmuré.
—Para tonterías, no.
Subí a mi cuarto y lloré con la cara metida en la almohada. No por el vestido. Lloré porque papá ya no estaba para decir “eso no se toca”. Lloré porque Carla hablaba de nuestra vida como si nos hiciera un favor dejándonos dormir ahí.
Dos noches después, Diego entró a mi cuarto cargando una pila de mezclillas viejas.
Eran los jeans de mamá.
Los que usaba para ir al tianguis, pintar macetas y llevarnos por elotes cuando llovía. Estaban doblados como algo sagrado.
—¿Confías en mí? —preguntó.
—Diego… ¿qué vas a hacer?
Tragó saliva.
—Tomé costura el semestre pasado. Puedo intentar hacerte un vestido.
Se le quebró la voz, como si esperara que me burlara.
Yo toqué una bolsa desgastada, donde mamá metía monedas para el pan.
—¿Con esto?
—Con ella —dijo.
Y entonces entendí.
