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ncluso presumió que “la suegra ya había sido puesta en su lugar”.
Y ahora…
¿Salir expulsados del penthouse en menos de una semana?
La humillación sería insoportable para ella.
—Entonces negocia —dijo finalmente—. Habla con la dueña.
Alejandro miró la tarjeta digital de Lucía otra vez.
La empresa inmobiliaria que aparecía debajo del nombre era famosa por desalojar inquilinos morosos sin piedad.
Él sabía perfectamente que no tenía poder alguno frente a alguien así.
—No creo que sea fácil…
—¡Pues inténtalo!
Alejandro respiró profundo.
Luego levantó lentamente la vista hacia mí.
—Él llora…
—¿Qué?
—¿Tú ya conocías a la propietaria desde antes?
—Sí.
—¿Y nunca pensaste decirme el precio real?
Lo observé durante unos segundos.
Por primera vez desde que nos casamos, sentí que estaba viendo al verdadero Alejandro.
No al hombre amable que me llevaba flores.
No al novio paciente que me hablaba de construir una familia.
Sino al hombre que había permanecido callado mientras su madre humillaba a la mía.
El hombre que vio cómo echaban a mi madre de su propia casa…
Y decidió no decir una sola palabra.
Dejé la copa sobre la barra.
—Tú tampoco dijiste nada ayer.
Alejandro quedó inmóvil.
—Cuando tu mamá quiso sacar a la mía del departamento…
—No hablaste.
—Cuando quiso quedarse con nuestro dinero…
—Tampoco hablaste.
Mi voz seguía tranquila.
Pero cada palabra parecía congelar el aire.
—Así que no entiendo por qué ahora esperas honestidad de mi parte.
Él abrió la boca.
Pero no salió ningún sonido.
Porque sabía que yo tenía razón.
En ese momento sonó el timbre del departamento.
Tres veces seguidas.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Quién será a esta hora?
Yo miré la pantalla del celular.
Lucía me había enviado un mensaje.
“Ya llegué :)”
Sonreí.
—Debe ser la propietaria.
El color desapareció del rostro de Alejandro.
Abrí la puerta.
Lucía entró usando un elegante abrigo negro y tacones altos.
Traía una carpeta de cuero en la mano.
Y esa expresión fría de abogada corporativa que intimidaba incluso antes de hablar.
—Buenas noches —dijo mientras observaba el departamento—. Vine porque faltan firmas en el contrato.
Alejandro se puso de pie de inmediato.
—Buenas noches…
Lucía apenas lo miró.
—¿Usted es el señor Herrera?
—Sí.
Ella abrió la carpeta.
—Perfecto. Necesito una respuesta ahora mismo.
—O firman esta noche…
—O mañana antes del mediodía el departamento deberá quedar vacío.
Alejandro tragó saliva.
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