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—Siete años y cinco meses —contestó Mateo inocentemente.
Alejandro dejó de escuchar el ruido de los coches.
Él y Mariana se habían divorciado hacía ocho años.
Recordó, además, la última noche antes de firmar los papeles. Habían discutido, llorado y terminado abrazados como dos personas que sabían que todavía se querían, pero ya no sabían vivir juntas.
Alejandro observó los ojos del niño.
Luego la forma en que fruncía el ceño.
Después aquella costumbre de inclinar ligeramente la cabeza cuando no entendía algo.
Exactamente como él en sus fotografías de primaria.
—Mariana… ¿de quién es Mateo?
Ella soltó una risa amarga.
—¿De verdad vienes a preguntármelo ocho años después?
—¿Qué significa eso?
Mariana sostuvo su mirada.
—Que hace ocho años intenté decírtelo.
Alejandro sintió un escalofrío.
Detrás de él, doña Teresa apretó con tanta fuerza su bolso que los nudillos se le pusieron blancos.
En ese instante aparecieron dos hombres.
—Ya te dijimos que si vas a cantar aquí tienes que pagar cuota.
Uno intentó arrebatarle a Mariana la bolsa donde guardaba las monedas.
Mateo se interpuso.
—¡No le quite el dinero a mi mamá!
Alejandro agarró al hombre por la muñeca.
—Suéltala.
Señaló las cámaras del restaurante y pidió al gerente llamar a una patrulla. Los hombres retrocedieron entre amenazas.
Cuando desaparecieron, Alejandro ofreció llevarlos a casa.
Mariana guardó la bocina.
—No necesito que hoy vengas a salvarnos. He podido regresar sola durante ocho años.
Tomó a Mateo de la mano.
Alejandro quiso detenerla.
—Mariana…
Ella se volvió.
—Si realmente quieres saber quién es su padre, empieza preguntándole a tu mamá qué recibió de mí hace ocho años.
Alejandro miró lentamente a doña Teresa.
Su madre bajó los ojos.
Y por primera vez comprendió que la respuesta quizá había estado dentro de su propia casa todo ese tiempo.
Lo que descubriría después era mucho peor de lo que podía imaginar.
PARTE 2
Alejandro no durmió.
Aquella madrugada abrió una caja con fotografías antiguas y encontró una imagen de 2004. Él y Mariana aparecían frente al primer camión que habían comprado.
Entonces no eran ricos.
Mariana había vendido unas pulseras de oro que recibió en su boda para completar el enganche de aquel vehículo. De día trabajaba llevando cuentas para una ferretería. De noche revisaba gastos de gasolina, casetas y deudas de clientes.
La empresa que ahora valía millones había empezado, literalmente, sobre una libreta apoyada encima de costales de cemento.
Y doña Teresa adoraba a su nuera.
Hasta que pasaron los años y no llegaron los nietos.
Primero fueron insinuaciones.
Después remedios.
Luego frases cada vez más crueles.
—Una casa sin niños termina vacía.
Mariana fue al médico. El especialista explicó que no encontraba nada concluyente y recomendó estudiar también a Alejandro.
Él se negó.
—Estoy sano. Trabajo doce horas, manejo camiones, nunca me enfermo.
Cuando Mariana le pedía que defendiera frente a su madre lo que había dicho el médico, Alejandro respondía siempre:
—Ya conoces a mi mamá. Aguántala.
Esa palabra terminó destruyéndolos.
Durante una comida familiar, doña Teresa comparó a Mariana con “un árbol que no daba fruto”.
Mariana esperó que su marido la defendiera.
Alejandro guardó silencio.
Semanas después firmaron el divorcio.
La noche anterior todavía se amaban lo suficiente para cometer el error —o quizá el último acto de amor— que cambiaría sus vidas.
Tres días después de quedar legalmente separados, Mariana se desmayó trabajando.
Estaba embarazada.
