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Cuando Alejandro llegó a buscarla después de reencontrarse, Mariana le contó todo.
—Fui a tu casa con el estudio en la mano. Tu mamá me abrió. Le dejé una carta para ti.
Alejandro palideció.
—Nunca recibí nada.
—Cuando tenía cuatro meses fui a tu empresa. Dejé mi teléfono con Patricia, la contadora.
—Nunca me dieron ningún número.
—Y cuando nació Mateo mandé una fotografía a tu casa.
Silencio.
—Tres veces, Alejandro. Te busqué tres veces.
Él sintió que algo se quebraba dentro.
Durante ocho años, Mariana había creído que él conocía la existencia de Mateo y había decidido ignorarlo.
Durante ocho años, él había pensado que Mariana simplemente había rehecho su vida.
—Quiero una prueba de ADN —dijo finalmente.
Mariana lo miró con furia.
—¿Todavía dudas de mí?
—No. Quiero que nadie vuelva a poder dudar de Mateo. Ni mi familia, ni la tuya, ni yo.
Ella aceptó por una sola razón.
—Lo haré para que mañana nadie mire a mi hijo como si tuviera que demostrar de dónde viene.
Tres días después acudieron al laboratorio.
Alejandro permaneció sentado en el pasillo, incapaz de quedarse quieto.
Cuando la especialista colocó el resultado sobre el escritorio, leyó la conclusión una sola vez.
Probabilidad de paternidad: superior al 99.99%.
Mateo era su hijo.
Alejandro cerró los ojos.
Siete cumpleaños.
Siete Navidades.
El primer día de escuela.
Las fiebres.
Las noches en las que Mariana cosía ropa ajena mientras su hijo dormía a unos metros.
Todo había ocurrido sin él.
Pero mientras Mariana salía del laboratorio con la dignidad de quien no necesitaba celebrar ninguna victoria, Alejandro regresó a casa.
Entró al cuarto de su madre.
—Quiero la caja, mamá.
Doña Teresa dejó de respirar por un instante.
—¿Qué caja?
Alejandro colocó el resultado de ADN sobre la mesa.
—La caja donde guardaste las cartas de Mariana.
La anciana se quedó inmóvil.
Y cuando finalmente sacó una pequeña llave de su bolso, Alejandro comprendió que estaba a segundos de descubrir quién le había robado ocho años junto a su hijo.
PARTE 3
Dentro de la caja había tres cosas.
Una copia de un ultrasonido.
Una carta amarillenta.
Y una fotografía de Mateo recién nacido.
Alejandro tomó primero la fotografía.
El bebé estaba envuelto en una cobija azul. En la parte trasera, Mariana había escrito:
“Este es Mateo. No quiero obligarte a regresar conmigo. Solo quiero que sepas que tienes un hijo.”
Alejandro tuvo que sentarse.
—¿Cuándo llegó esto?
Doña Teresa comenzó a llorar.
—Poco después de que nació.
—¿Y la carta?
—Antes.
—¿Y el teléfono que Mariana dejó en la empresa?
La mujer bajó la cabeza.
—También lo recibí yo.
Alejandro golpeó la mesa con la palma.
—¡Tres veces!
—Déjame explicarte.
—¡Tuviste tres oportunidades!
Doña Teresa se cubrió el rostro.
Cuando Mariana apareció embarazada en su puerta, ella había sentido miedo.
No miedo de que el bebé no fuera de Alejandro.
Miedo de que sí lo fuera.
Durante años había culpado a Mariana por no darle un nieto. Había hablado frente a familiares, vecinos y empleados como si la infertilidad estuviera comprobada.
Si Mariana regresaba embarazada apenas semanas después del divorcio, todas aquellas palabras se volverían contra ella.
Además, temía que Alejandro quisiera recuperar a su esposa.
Por eso guardó la primera carta.
Meses más tarde consiguió también el número que Mariana había dejado con Patricia.
Y cuando recibió la fotografía del recién nacido, ya no tuvo dudas.
—Te parecías muchísimo a él cuando naciste —admitió llorando—. Esa noche tuve el teléfono en la mano. Iba a llamarte.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque pensé que me odiarías.
Alejandro soltó una risa rota.
—¿Por miedo a que yo te odiara dejaste que mi hijo creciera creyendo que su padre no lo quería?
Doña Teresa intentó tocarlo.
Él retrocedió.
—Siempre decías que querías un nieto. Rezabas por un nieto. Presionaste a Mariana hasta destruir nuestro matrimonio porque querías un nieto.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Y cuando finalmente apareció, preferiste esconderlo para proteger tu orgullo.
—Me equivoqué.
—No, mamá. Equivocarse es olvidar una fecha. Tú tomaste una decisión cada día durante ocho años.
Doña Teresa lloró en silencio.
Alejandro miró la carta.
Durante unos segundos sintió una necesidad feroz de culparla por todo.
Habría sido fácil.
Pero recordó la pregunta que Mariana le había hecho antes del divorcio:
“¿Alguna vez te preguntaste cuánto me dolía mientras me pedías que aguantara?”
Entonces comprendió algo todavía más doloroso.
—Tú ocultaste a Mateo —dijo—. Eso es responsabilidad tuya. Pero nuestro divorcio también fue responsabilidad mía.
Doña Teresa levantó la mirada.
—Yo te presioné.
—Y yo era su esposo.
Alejandro respiró profundamente.
—Fui yo quien se negó a hacerse estudios. Yo permití que todos hablaran de ella sin tener ninguna prueba. Yo le pedí que soportara lo que jamás debió soportar.
Por primera vez en ocho años no necesitó convertir a su madre en la única culpable para sentirse inocente.
A la tarde siguiente fue a ver a Mariana.
Ella trabajaba arreglando el cierre de un pantalón.
Alejandro colocó frente a ella la carta, el ultrasonido y la fotografía.
Mariana dejó lentamente la aguja.
No necesitó preguntar.
—Entonces ya sabes.
—Sí.
Ella observó durante unos segundos aquella vieja fotografía de Mateo.
—Durante meses pensé que la habías recibido.
Alejandro tragó saliva.
—No sabía nada.
—Ahora te creo.
Aquella frase no lo alivió.
Lo hizo sentir peor.
—Perdóname.
Mariana sonrió con tristeza.
—¿Por cuál cosa?
Alejandro comprendió.
