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Lo hizo. Principalmente porque quería la satisfacción de demostrarle que estaba equivocado después de treinta. Y luego hizo treinta más. Para cuando llegaron al banco donde él les había prometido que podían parar, el cielo estaba más azul y su enfado se había transformado en el cansancio del esfuerzo. Taylor le ofreció agua sin decir nada.
Más tarde, sentada en el coche de camino a casa, con el sudor secándose en la nuca, miró fijamente al parabrisas y dijo: "Eres insoportable".
Arrancó el motor. "Lo hiciste bien".
Sintió un nudo inesperado en la garganta.
El cambio no se produjo mediante montajes. Esa fue la primera bendición. La vida real se negaba a ese tipo de perfección.
Había mañanas buenas y mañanas inútiles. Días en que Maya sentía que volvía a sentirse como en casa y días en que cada comida parecía una prueba de valía. A veces tenía tantas ganas de azúcar que no podía pensar en otra cosa. A veces la báscula se movía y se avergonzaba de la esperanza que eso le inspiraba. A veces no se movía en absoluto y le daban ganas de destrozarla con uno de los candelabros decorativos de Taylor.
Una vez, tras una desastrosa consulta de cardiología en la que los resultados habían mejorado, pero no lo suficiente como para calmar su pánico, llegó a casa, abrió la despensa y se quedó mirando una caja de galletas como si contuviera una discusión que ya no quería perder. Allí la encontró Taylor.
—Estoy cansada —dijo ella antes de que él pudiera hablar.
"Lo sé."
—No, no lo sabes. —Cerró la despensa con demasiada fuerza—. No sabes lo que es que cada decisión esté ligada a la supervivencia. No sabes lo que es sentir hambre y vergüenza al mismo tiempo. No sabes lo que es que un médico hable de estilo de vida como si tu vida fuera un menú que hubieras elegido a tu antojo.
Taylor se quedó quieta. "Tienes razón."
La respuesta la desarmó.
