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En aquel entonces, Aurelio tenía 52 años y luchaba por salvar El Milagro. El maíz se pagaba mal, el diésel subía cada semana y el viejo tractor rojo se descomponía más de lo que trabajaba. Pero el mayor orgullo del rancho era Relámpago, 1 toro semental enorme, negro como la noche, con lomo ancho, mirada brava y sangre fina. Los compradores ofrecían buen dinero por él, pero Aurelio siempre decía lo mismo:
—Ese toro es el futuro del rancho.
Una tarde de julio, mientras reparaba una manguera hidráulica junto al taller, Aurelio vio a 1 muchacho caminando por el camino polvoso. Traía la camisa rota, 1 mochila vieja colgando del hombro y los zapatos abiertos de la suela. Era alto, flaco, quemado por el sol y tenía los ojos de alguien que había aprendido demasiado pronto lo que era quedarse solo.
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—¿Buscas a alguien? —preguntó Aurelio.
El muchacho bajó la mirada.
—Me llamo Diego Santillán, señor. Busco trabajo. Lo que sea.
Aurelio lo observó. No parecía flojo. Parecía vacío de cansancio.
—¿De dónde vienes?
—De Zacatecas.
La respuesta quedó incompleta. Aurelio lo notó.
Después de insistir un poco, Diego contó la verdad. Su madre se había vuelto a casar. Su padrastro lo humillaba, le quitaba el dinero, lo acusaba de ser 1 carga. 1 noche, después de 1 pelea, le aventó la mochila a la calle y le dijo que si volvía, llamaría a la policía. Diego se fue con 38 pesos, 2 mudas de ropa y 1 hambre que le dolía más que la vergüenza.
—No quiero limosna —dijo el muchacho con la voz seca—. Solo 1 plato de comida y trabajo para pagarlo.
Aurelio pensó en las deudas. Pensó en el banco. Pensó en Mercedes contando monedas para comprar frijol y arroz. Lo razonable era decir que no.
Pero luego vio los ojos del muchacho.
—Pásale —dijo al fin—. Aquí nadie trabaja con el estómago vacío.
Esa noche, Diego comió en la mesa de los Mendoza. Mercedes le sirvió caldo de res, tortillas recién hechas y frijoles de la olla. El muchacho comía despacio, como si le diera pena tener hambre. Mercedes fingió no notar las lágrimas que él intentaba esconder.
Al día siguiente, Aurelio le dio trabajo. Diego barrió corrales, cargó costales, arregló cercas y limpió herramientas. Nunca se quejó. Nunca pidió descanso. Al contrario, cada tarde se quedaba junto al viejo tractor, mirando cómo Aurelio reparaba motores, cambiaba piezas y maldecía en voz baja cuando algo no encajaba.
—¿Te gustan las máquinas? —preguntó Aurelio 1 día.
Diego sonrió por primera vez.
—Más que el campo, señor. Las máquinas sí te dicen qué les duele, si sabes escucharlas.
Aurelio se quedó callado. Esa frase le hizo entender algo: el muchacho no había llegado al rancho para quedarse. Había llegado buscando 1 oportunidad.
Semanas después, Aurelio tomó la decisión que hizo reír a todo el pueblo.
Vendió a Relámpago.
