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PARTE 2: Claudia dejó caer el sobre sobre el lodo.
Por un momento no escuchó la lluvia, ni el motor encendido, ni la respiración dormida de Sofía dentro de la camioneta. Solo escuchó la voz de su padre en aquella frase, saliendo desde un lugar donde ya nadie podía defenderla.
Don Aurelio recogió la carta con cuidado y la cubrió con el paraguas.
“Entra a mi casa”, dijo. “La niña necesita calor y tú necesitas sentarte.”
“Necesito saber qué significa esto.”
“Lo sabrás”, respondió él. “Pero no con la lluvia metiéndose en tus huesos.”
La cocina de Don Aurelio olía a café recién hecho, madera vieja y pan tostado. Sofía se sentó envuelta en una cobija, sosteniendo una taza de chocolate caliente con ambas manos. Claudia permaneció frente a la mesa, empapada, mirando la carta como si fuera una puerta abierta hacia un cuarto lleno de fantasmas.
Aurelio puso el sobre delante de ella.
“Tu papá me lo dio 6 meses antes de morir”, explicó. “Me dijo que no te buscara mientras estuvieras en servicio. Que solo te lo diera si algún día volvías sola, lastimada o huyendo de Martín.”
Claudia tragó saliva.
