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PARTE 1
El taller de Julián Ríos estaba en una calle ruidosa de Iztapalapa, entre una refaccionaria vieja, un puesto de tacos de canasta y una barda llena de grafitis.
No era un lugar elegante. El techo de lámina se calentaba como comal, el piso tenía manchas de aceite de años y su letrero de “Servicio automotriz” ya ni prendía completo.
Pero la gente del barrio lo buscaba por 1 razón sencilla: Julián no robaba.
Si una señora llegaba con el coche fallando y solo traía 300 pesos, él veía cómo ayudarla. Si un taxista no podía pagar toda la reparación, le decía: “Me lo completas cuando puedas, carnal”.
A sus 34 años, Julián vivía al día. Debía 2 meses de renta del local, usaba herramientas remendadas y comía más tortas de frijol que comida decente.
Aun así, trabajaba con una paciencia rara, como si cada motor tuviera una historia que merecía ser escuchada.
Una mañana de jueves, mientras cambiaba una bomba de agua a un Tsuru, escuchó afuera un motor fino, suave, demasiado caro para esa cuadra.
Levantó la vista y vio una camioneta negra, blindada, brillando como espejo bajo el sol.
Del asiento trasero bajó una joven de 19 años, apoyada en unos aparatos metálicos sujetos a sus piernas. Sus pasos eran lentos, tensos, dolorosos.
