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Nadie habló. Los vecinos guardaron silencio. Mercedes lloraba con las 2 manos sobre la boca. Incluso el comisario se quitó el sombrero y miró hacia otro lado para disimular las lágrimas.
Después del abrazo, Diego volvió a su camioneta y sacó 1 marco de madera. Dentro había 1 foto vieja: Aurelio joven, con camisa de mezclilla, parado junto a Diego frente al tractor rojo del taller. Al lado de la foto estaba la nota amarillenta:
“No te detengas cuando ya vas a la mitad.”
Aurelio la tocó con los dedos temblorosos.
—Yo ya ni me acordaba de esto.
—Yo nunca lo olvidé —respondió Diego—. Usted no me dio 1 trabajo, don Aurelio. Me dio 1 vida.
Durante las siguientes semanas, El Milagro cambió como si hubiera despertado de 1 largo sueño. Los mecánicos reconstruyeron el viejo tractor rojo, repararon la cosechadora, cambiaron sistemas eléctricos, arreglaron bombas, levantaron el techo del taller, reforzaron corrales y modernizaron el sistema de riego. La maquinaria que Aurelio creía muerta volvió a encender.
Cada vez que Aurelio intentaba preguntar cuánto costaba todo, Diego sonreía.
—Todavía falta 1 cosa.
A la semana siguiente, Diego llevó a Aurelio y Mercedes al centro de Tepatitlán, a 1 despacho frente a la plaza. Allí los esperaba la licenciada Mariana Cárdenas, especialista en defensa de pequeños productores. Sobre la mesa había 1 paquete de documentos.
—Don Aurelio —dijo ella con suavidad—, necesito que revise esto.
Aurelio se puso los lentes. Leyó la primera hoja. Luego la segunda. Después la tercera. Su respiración se detuvo al llegar al sello final.
Pagado en su totalidad.
Miró otra vez.
Todas las deudas liquidadas. Hipoteca cancelada. Proceso de embargo terminado. Gravámenes liberados. El rancho El Milagro volvía a pertenecer completamente a la familia Mendoza.
Aurelio soltó los papeles.
—No… no puedo aceptar esto.
Diego se inclinó hacia él.
—Usted vendió su mejor toro por 1 desconocido. Yo solo estoy devolviendo 1 parte.
—Era 1 muchacho con hambre.
—Era 1 muchacho al que nadie quería mirar —dijo Diego—. Usted sí me miró.
Mercedes tomó la mano de Aurelio. Él lloró sin vergüenza. Lloró por los años de miedo, por las cartas escondidas, por la culpa, por el alivio de saber que no sería el hombre que perdió la tierra de sus padres.
Pero Diego aún no había terminado.
